Madrid finisecular, nuevo modelo demográfico

Antonio Camarero.- Madrid finisecular, nuevo modelo demográfico.- Madrid 1985. Páginas 290-300.

Volumen 2. Madrid en la sociedad del siglo XIX. Capas populares y conflictividad social. Abastecimiento. Población y crisis de subsistencias. Cultura y Mentalidades.

Hay ocasiones en las que de antemano resulta difícil hacer del todo comprensible a la mayoría de las personas la importancia, percibida y comprobada por uno mismo, que puede tener un campo de investigación, sobre todo cuando se le posterga siempre, diciendo, sin embargo, que es imprescindible para la comprensión de multitud de fenómenos. Curiosa paradoja: siendo la demografía o, mejor dicho, el estudio de la población imprescindible para hacer historia, como ofrece la dificultad de “trabajar con números”, más vale dejarla en manos de otra gente que no son historiadores.

Todos los historiadores estamos acostumbrados a los datos monótonos, aburridos y, como mucho, curiosos, que nos proporciona el prolífico mundo cuantitativo de la demografía. Pero ello se debe, en especial, a nuestra dependencia habitual, por una parte, de los sociólogos y, por otra, de los geógrafos y urbanistas. Esta dependencia, de unos años a esta parte, ha comenzado a romperse en distintos frentes tanto nacionales como internacionales; destaca, por ejemplo, la labor de Fleury y Henry, en Francia; Brown, Hollingsworth, McKeown, Ringrose, Wrigley y otros, en el mundo anglosajón; etc. Ya es posible apreciar algunos resultados autónomos, con un contenido histórico, en una especialización interdisciplinaria como la demografía.

Cuando se me sugirió que preparase esta comunicación tuve la impresión de que podía convertirse en un amenazador bombardeo de datos. En cambio, debía servir para informar de los caminos por donde discurren hoy en día los estudios de demografía histórica madrileña. He procurado mantener un tono moderado, para no cansar a los asistentes, sin dejar por ello de informarles suficientemente.

Entremos en materia. Todos los historiadores madrileños hemos visto datos demográficos, unos más organizados, otros más descabalados; pero a fin de cuentas conocemos y tenemos forjada una opinión sobre las características demográficas de la Villa y Corte, entre las cuales destaca el rápido ascenso de la población madrileña en el siglo XIX, que parte de unos 170.000 habitantes a principios de siglo, llega a los 220.000 en el año 48 y supera el medio millón a principios del XX.

También tenemos noticias más o menos exactas de la evolución de las tasas de natalidad, de mortalidad total y de mortalidad infantil, de su crecimiento ideal1 y real2 y de su saldo o balance migratorio. Hasta aquí nos encontramos en el mismo lugar, más o menos conocido en profundidad, con mayor interés para unos y menor para otros.

El gran dilema se plantea cuando se han de tratar estos datos históricamente. Para ello resulta imprescindible una concepción teórica de la historia que no se vea entorpecida por rigideces, un método de tratamiento de estos datos que sepa incorporar elementos metodológicos de otras especialidades científicas, y unas técnicas operativas que rompan con los clichés establecidos por otras especialidades.

Por ejemplo: no es lo mismo que se hable de un Crecimiento Ideal autóctono de cien nuevos habitantes, nacidos en Madrid e hijos de madrileños, que de un Crecimiento Ideal dependiente o, lo que es igual, que de cada centena de recién nacidos en Madrid setenta sean hijos de inmigrantes.

Ambos casos, en este ejemplo, nos aportan en términos puramente cuantitativos un crecimiento ideal de cien nuevos habitantes, pero difieren ostensiblemente en cuanto a sus características sociales y, por tanto, históricas.

Si no hay un modo estructurado de tratar los datos, éstos quedan convertidos en un mero número positivo, con todas las connotaciones despectivas que el término lleva implícitas; un dato tan pobre y carente de validez para la historia social -a lo mejor no para otra ciencia- como la desnudez de una fecha o el nombre aislado de un político.

Como dice Carmen del Moral: “No vamos a tener en cuenta (…) ninguno de los hechos característicos de la típica historia externa: ni debates de las Cortes, ni caída y subida de ministerios (…) [que] no contribuye a aclarar los hechos oscuros de nuestra problemática histórica, sino que, por el contrario, añade tal desorden, que a juzgar a simple vista por ellos, el siglo XIX y los primeros años del XX son lo que se proponen nuestros peores manuales históricos: una sucesión ininterrumpida de ministerios, partidos y ministros. Nada más deformador que esta idea, pues la historia contemporánea de España es de una coherencia absoluta, y si no se buscan las raíces de esa coherencia, quedarse en el plano exterior es contribuir deliberadamente al desorden mental”3.

Cuando se empieza a bucear entre los padrones, los censos, los registros de defunciones, nacimientos y nupcias, es constante el asalto de una pregunta: ¿cómo se podría explotar la riqueza de datos que estas fuentes documentales ofrecen con los medios tan artesanales de trabajo de que disponemos los historiadores?

Pues sí, pese a la falta de medios, es posible que avancen las investigaciones demográficas, porque son un soporte básico para la historia social y, especialmente, para la historia de las mentalidades. Olvidemos de una vez las frases hechas y entremos en la investigación.

La demografía histórica permite que comprendamos y conozcamos la historia de los hombres que conforman una sociedad determinada. Esa historia, escrita con minúscula, de los avances y retrocesos en la calidad de vida, de las costumbres matrimoniales, de las diferencias que hay entre la natalidad de una familia urbana y una de inmigrantes, etc.

Hasta hace muy pocos años se ha hablado de la población como un simple apéndice con un comportamiento diferenciador en las coyunturas críticas (económicas o sociales): el motín, la huelga, la acción epidémica. A partir de aquí se desarrollaba el planteamiento de que la presencia de una coyuntura desfavorable, que elevaba la incidencia de la mortalidad, era el resultado de que la estructura social de la población se encontraba desatendida, abandonada. Y a veces hasta sorprendía que el foco epidémico se hubiese desarrollado entre las capas dominantes, lo cual confirmaba de paso el carácter interclasista de la muerte. Así, economistas e historiadores quedaban, al menos en apariencia, muy satisfechos con sus conclusiones. Sin embargo, las desatenciones a que se encuentra sometida la población suelen ser comprobables.

Veamos el caso madrileño. He aquí una sociedad que se comporta “mecánicamente”: por los altos imperativos económicos, masas y masas de población se trasladan del campo a la ciudad en pro de un mejor nivel de vida. Pero esta concepción del “comportamiento mecánico” cae por su propio peso si analizamos la tasa de mortalidad media madrileña, superior a la española4

Es preciso, por tanto, pararse a reconsiderar. Antes que nada observamos la estrecha relación dinámica entre todos los componentes del medio natural en el que se desenvuelve el ser humano: los naturales, como el propio hombre, y los productos de la cultura y la acumulación de aprendizaje de la especie humana. En este contexto, y no en otro, se encuentra el hombre-población sobre el planeta Tierra5.

Dentro de dicha interrelación existe una esfera dominante supraindividual, que consiste en la forma de organizarse que tiene el colectivo social; pero esta organización es dominante para el hombre-población.

Si nos trasladamos en el tiempo a comienzos del siglo XIX, comprobaremos que la mayor parte de la población se encuentra organizada, desde un punto de vista económico, como una sociedad predominantemente rural. Dicho de otro modo, la estructura económica española de principios del siglo XIX se corresponde con un Modo de Producción Feudal, que empieza a encontrar serias limitaciones ante las posibilidades ofrecidas por el mercado mundial, ya puestas de manifiesto a lo largo del siglo XVIII.

Ante la acción social de conflicto surgida contra este modo de producción, las capas dominantes desencadenan una serie de respuestas que desemboca en el intento de transformación social de las estructuras económicas. Es la transición al Modo de Producción Capitalista. Todo ello produce la puesta en circulación en el mercado del medio de producción básico de la sociedad (la tierra), mediante las desamortizaciones y expropiaciones, que adjudican a señores con derechos jurisdiccionales unos derechos de posesión que nunca les habían pertenecido6. Como consecuencia, el hombre-población adoptará una serie de actitudes y comportamientos que permitirán la formación de un mercado de trabajo dependiente de las actuaciones emprendidas por los grupos dominantes.

Otra de las respuestas de las capas dominantes, con una incuestionable repercusión en la población, son las medidas adoptadas para evitar la emigración fuera de España7. Disminuyen entonces los cauces fundamentales de comunicaciones para el hombre-población, que en adelante intentará resolver su problema de inmediato, la subsistencia, con la emigración clandestina, desde luego minoritaria8. Como consecuencia, se produce un estancamiento en el desarrollo de la población, porque no están consolidadas las estructuras productivas que permitan tal desarrollo. Las cifras cantan: hay un crecimiento lento y tortuoso de unos ochenta mil habitantes por año a lo largo del siglo pasado, si aceptamos las cifras del Censo de 1797. Pero más notorio, si cabe, sería el caso madrileño, que hace que la ciudad, en cincuenta años, tenga un crecimiento de 1.000 habitantes (167.000 en 1797 y 217.000 en 1848), lo cual denotaría un equilibrio en su población.

Será a partir de la introducción de los medios de comunicación modernos (el ferrocarril) y de la seguridad en los desplazamientos (gracias a la creación de la Guardia Civil9, cuando el hombre-población empiece a considerar sus posibilidades de desplazamiento interior. Ante la carencia de recursos en su medio natural conocido al margen del sistema (mediante el “bandidaje”) por las medidas de seguridad adoptadas, inicia la búsqueda de un nuevo medio que permita su subsistencia. La puesta en marcha del ferrocarril10 coincide con la necesidad de crear un mercado interior que permita el intercambio de mercancías con seguridad y, entre ellas, la más preciada en el Modo de Producción Capitalista: la fuerza de trabajo.

Una vez consolidados los medios de migración interior, que financian precisamente los desheredados de la tierra11, en su nómada peregrinar en busca de la supervivencia, se produce la consabida apertura de las posibilidades migratorias hacia el exterior12.

En síntesis, los cambios en las relaciones sociales de producción introducen unas condiciones diferenciadas y diferenciadoras en el hombre-población, tanto como fuerza de trabajo propiamente dicha como en su respuesta ante la vida (según se enfrenten o acaten el sistema). En términos económicos, reestructura la población, adecuándola a las necesidades del nuevo sistema productivo, ya sea por medio de la fijación de los hombres a la tierra (Modo de Producción Feudal), ya sea por la usurpación de los medios de producción, que arroja a los hombres al nomadismo del mercado de trabajo capitalista.

El Modo de Producción obliga al hombre-población a trasladarse o asentarse, según las necesidades del sistema productivo.

Estas matizaciones conceptuales pueden arrojar alguna luz en el estudio de la demografía histórica que facilite la comprensión de nuestra realidad más inmediata. La demografía está en el sistema productivo, forma parte de él, pero no es un “apéndice mecánico” en sus respuestas, porque no es lo mismo hablar del sistema productivo y la población que de la población en el sistema productivo13.

Entrando en un terreno más concreto y conocido como sería nuestra ciudad en el siglo pasado, tendríamos un modelo demográfico sustentado en el crecimiento y en la dependencia de una inmigración que se asienta en Madrid.

Apuntamos la definición de un modelo demográfico porque establece una forma específica de poblamiento diferente de los anteriores períodos históricos y abarca, cuando menos, un lapso temporal de unos ochenta años (1848-1930).

Los rasgos más distintivos del nuevo modelo demográfico serían: población autóctona y foránea, ruptura de los comportamientos demográficos urbanos y repercusiones en la mortalidad estructural.

Por población autóctona entiendo la natural de Madrid propiamente dicha, es decir, la urbana con unos hábitos y costumbres específicos y una raigambre diferenciadora de una ciudad cortesana con una estructura feudal de clases sociales. En el concepto de población foránea se engloban desde las clases ascendentes dentro de la nueva sociedad, que buscan la proximidad al centro decisorio del sistema, los clientes de la capital de España (asentadores, especuladores, agiotistas, absentistas, aventureros, et.) hasta los hombres procedentes del nomadismo engendrado por el Modo de Producción Capitalista; este núcleo de población foránea tendrá, en un corto espacio de tiempo, un peso específico, cuantitativamente hablando, superior al de la población autóctona y será el introductor de unos hábitos y costumbres distintos, transformadores de los específicamente urbanos14.

Y digo que se produce una ruptura en los comportamientos demográficos urbanos, a raíz de la alteración del equilibrio de crecimiento real e ideal, cuando la ciudad ha mantenido durante años un crecimiento real basado en el movimiento natural de su población, amén de las posibles incorporaciones de inmigrantes estables o coyunturales, y se convierte en una ciudad cuyo crecimiento no depende de su crecimiento natural, sino casi exclusivamente de las incorporaciones migratorias15.

De tal crecimiento dependiente surgen las alteraciones de la mortalidad estructural. La mortalidad estructural es la producida por las enfermedades contagiosas e infecciosas, cuyo origen no tiene por qué ser epidémico. No se incluye aquí la mortandad producida por accidentes laborales y mecánicos, porque se corresponde en términos cuantitativos con otra esfera de los comportamientos o pautas demográficas propias de una infraestructura sanitaria dotada de medios y de la penuria laboral existente, si bien ambas explicarían y corroborarían con sus datos las argumentaciones de la mortalidad estructural16.

Al mismo tiempo, podemos unificar las diferencias fundamentales y el comportamiento que éstas ofrecen:

  1. Población autóctona que mantiene los comportamientos demográficos y la mortalidad estructural.

  2. Población foránea que altera los comportamientos demográficos y la mortalidad estructural.

  3. Población autóctona que altera los comportamientos demográficos y la mortalidad estructuras.

  4. Población foránea que mantiene los comportamientos demográficos y la mortalidad estructural.

No introduzco las variantes correspondientes al mantenimiento y la alteración diferenciadas entre los comportamientos demográficos y la mortalidad estructural, porque van estrechamente asociados.

Estos cuatro grupos se diferencian, se entremezclan e introducen un nuevo tipo de estructura demográfica madrileña, cuyo modelo se inicia alrededor de los años 50 y se asienta y consolida en los años de la Restauración.

Las explicaciones son obvias. En la ciudad de Madrid empiezan a efectuarse cambios urbanísticos-estructurales de consideración (accesos ferroviarios, desarrollo de mercados, necesidad de ampliación de avenidas, etc.) a partir de los años 50. También consolida su papel centralizador de la administración y de los servicios, hasta convertirse en capital financiera y de transacciones comerciales, cuando el principal comprador a escala nacional es el Estado. Esto es, adecúa la ciudad a un nuevo Modo de Producción, el cual requiere unas transformaciones sociales, económicas y de infraestructura. La respuesta no se deja esperar: una gran masa de población se traslada a la Villa17. Basta una década de transformaciones estructurales del viejo sistema productivo, para que la población experimente un crecimiento superior al que tuvo en el medio siglo precedente.

Los pasos que se inician desde ese momento van a engendrar los grupos anteriormente apuntados: el grupo autóctono y el foráneo, con sus peculiares características.

En demografía, como en todos los campos que operan con el mundo cuantitativo, es imprescindible desagregar los datos estad ´siticos para llegar a unas conclusiones lo más ajustadas posibles y cercanas a la realidad.

Recuérdese la falacia del conocido silogismo: “si en Madrid hay dos habitantes y uno se come un pollo, estadísticamente hablando cada uno se ha comido medio pollo”.

Los mismos errores se comenten en demografía. Tan ardua es la tarea de trabajar con medios geográfico-territoriales comunes, por las constantes reformas administrativas, que se tiende a trabajar con distritos que no se corresponden entre sí en extensión, aunque mantengan la misma denominación (es el caso de las reformas de 1885 y 1902), en los casos que se intenta una mayor desagregación, o con los datos totales de la ciudad. Dicho de otra manera seguimos con la cuenta del medio pollo por habitante.

Para no caer en un error tan burdo, resulta imprescindible adecuar la infraestructura administrativa al devenir de la población. Así, realizaremos una valoración analítica coherente, lo más desagregada posible, que permita vislumbrar un horizonte real, que posibilite afirmar que uno se ha comido un pollo, mientras que su vecino está muerto de hambre.

Madrid inicia su reestructuración como resultado de un Proceso de transición a un nuevo sistema productivo que altera sus coordenadas de crecimiento natural. Estas coordenadas son cambiadas por una masiva migración, que da un rápido vuelco a su estructura demográfica. Además, dicha ciudad viva, en movimiento, carece de capacidad de absorción de los contingentes de inmigrantes percibidos. Dos carencias primordiales motivan esta incapacidad de absorción: la escasez de puestos de trabajo, con el consiguiente abaratamiento de la mano de obra (lo cual reproduce las condiciones de penuria del campo español con un bajísimo consumo), y la infraestructura deficiente, caracterizada por la escasez de viviendas y servicios higiénico-sanitarios, entre otras cosas, lo cual encarece los alquileres y provoca el hacinamiento y la subida espectacular de la mortalidad estructural18.

Ambas carencias repercuten de manera diferente en los grupos anteriormente señalados, dado que el madrileño autóctono y el foráneo que lleva años asentado en la ciudad siguen sometidos a las mismas condiciones de habitabilidad de sus viviendas, que reúnen mejores o peores condiciones, pero de hecho no tienen por qué ver alteradas sus habitaciones. No obstante, este grupo de individuos se encuentra con un componente nuevo que va a cambiar su situación laboral y de vida al ofertar una mano de obra más competitiva tanto en las capas dominantes como en las capas populares, introduciendo un alto grado de movilidad social.

En cambio, el foráneo de reciente incorporación tendrá que integrarse en el ritmo urbano, con escasas posibilidades adquisitivas y en franca competencia por su espacio vital. Se dará, así lugar a una población que manifiesta vivir mejor de lo que realmente vive, a una “escoria” social que ha agotado sus recursos y hace de Madrid un punto obligado de destino, a una “clase agrícola” que vive aceptando nuevas pautas de conducta, etc. Unos se hacinan en las viviendas en condiciones miserables, otros empujan a parte de la población a escalones sociales inferiores.

Los resultados no se dejan esperar y la ciudad se convierte en un hormiguero humano, con un sistema productivo que es incapaz todavía de requerir de una forma estable tan abundante mano de obra. Pero el flujo humano continúa con los problemas ante la incapacidad de orientar las inversiones, que buscan la obtención de rápidos rendimientos, hacia una política de vivienda e infraestructura que dote de servicios básicos a la población y permitan la absorción de la mano de obra, al posibilitar unas condiciones mejores de salubridad habitacional. El goteo se transforma en un mar de muerte que convierte la Villa en una auténtica contradicción con un crecimiento ideal negativo, en contraposición con la España rural, cuyo balance es positivo, y con un crecimiento real superior a la media española.

Si proseguimos con los criterios clásicos, las tasas de Madrid difieren ostensiblemente de las nacionales. Cabe aquí establecer el nuevo criterio en los estudios demográficos madrileños, ya que no caben más especulaciones gratuitas.

¿Quién soporta esta sangría? ¿Madrid y su población autóctona o su población foránea? ¿Las capas populares?

Ante este dilema, la respuesta inmediata es que mueren los menores de un año en una elevada proporción y representan el equis por mil de la mortalidad. Pero reitero la pregunta anterior: ¿de la población autóctona o de la foránea?, ¿de las clases dominantes o de las marginales?

En líneas generales, esta sería la situación iniciada a finales de los años 40 y que se ve consolidada como modelo en los años de la Restauración, que estará vigente durante una parte importante del siglo XX, consistente en un crecimiento poblacional superior al español, que se contradice con su inferior tasa de natalidad y su superior tasa de mortalidad. Es decir, nacen menos personas y mueren más que en el conjunto de España; sin embargo, su crecimiento es superior. Por tanto, establece un modelo de crecimiento demográfico dependiente del movimiento migratorio.

En el Modo de Producción Capitalista la tendencia a la migración del campo a la ciudad es un hecho indiscutible, por la elevada demanda de mano de obra que exige el proceso de industrialización, y por el excedente demográfico rural generado por la tendencia ascendente de la mecanización que sustituye la mano de obra por maquinaria o nuevas técnicas de cultivo. Pero en el caso madrileño no se debe mantener este criterio como base receptora de inmigrantes, pues es harto conocido que el proceso de industrialización madrileño no se emprende, a gran escala, hasta bien entrado el siglo XX (años 60).

En síntesis, Madrid es una ciudad de transición, que antes de adaptarse al nuevo Modo de Producción, recibe una riada de inmigrantes, como consecuencia de las desamortizaciones, que alteran el antiguo ritmo de crecimiento urbano, produciendo una explosión demográfica.

Pero la falta de capacidad de asimilación de dicha riada de inmigrantes varía la dirección inversora al aprovechamiento rápido y beneficioso de una mano de obra abundante y, aparentemente, inagotable. Se producirá, de esta manera, una desvalorización de los potenciales recursos humanos allegados, que dará como resultado inmediato una elevada mortalidad entre los jornaleros y sus familiares. Mortalidad que se refleja o no en los procesos epidémicos, lo que suele suceder, pero que es notoria en el proceso de mortalidad denominado endémico. El crecimiento es dependiente, porque son inmigrantes; la natalidad es dependiente, porque las tasas de reproducción de los inmigrantes mantienen los modelos rurales (cuantos más hijos, más mano de obra); la mortalidad es dependiente, porque es soportada sobre todo por los inmigrantes.

Este el modelo demográfico que ofrece Madrid, con un rápido crecimiento, de origen migratorio, no demandado por su sistema productivo, que repercute en unas tasas urbanas, totalmente desplazadas de las nacionales, superiores en mortalidad e inferiores en natalidad. No es que sea atractivo; es obligatorio para sobrevivir.

1 Crecimiento Ideal sustracción simple entre la natalidad y la mortalidad.

2 Crecimiento Real diferencia entre dos períodos intercensales.

3 Moral, Carmen del. (1974) La sociedad madrileña fin de siglo y Baroja. Madrid. Ed. Turner, pág. 27.

4 Camarero, Antonio (1984): La muerte en Madrid 1900-1920. Madrid. Memoria de licenciatura. Facultad de Geografía e Historia. Tablas VII, VIII y IX.

5 Hawley, Amos H. (1982): Ecología humana. Madrid, 3ª edición. Ed. Tecnos.

6 Marx, Karl (1967): Formaciones económicas precapitalistas. Madrid. Ed. Ciencia Nueva, pág. 161 (…) proceso de disolución [de la relación con la tierra] que convierte a una masa de individuos de una nación (…) en trabajadores asalariados potencialmente libres (individuos obligados simplemente por su carencia de propiedad a trabajar y a vender su trabajo, no supone la desaparición de las anteriores condiciones de propiedad de estos individuos. Por el contrario, supone solamente que su uso ha sido modificado, que se ha transformado su modo de existencia, que han pasado a poder de otras personas (…).

7 Nadal, Jordi (1971): La población española. Barcelona, 2ª edi. Ed. Ariel, págs. 88 y ss. Sobre la política poblacionista del siglo XVIII.

8 Instituto de Reformas Sociales (1905): La emigración. Información legislativa y bibliografía de la Sección Primera técnico administrativa. Madrid, Págs. 13-74.

9 Díaz Valderrama, José (1858): Historia, servicios notables, socorros, comentarios de la cartilla y reflexiones sobre el cuerpo de la Guardia Civil. Madrid, pág. 20. Por Reales Decretos de 14 de marzo y 12 de abril se mandó formar el Cuerpo de la Guardia Civil, … Se encargó su organización al Excmo. Sr. Duque de Ahumada.

10 Casares Alonso, Aníbal (1973): Estudio histórico-económico de las construcciones ferroviarias españolas en el siglo XIX. Madrid. Ed. Estudios del Instituto de Desarrollo económico. Pág. 30. El cambio de estructura que se opera en la economía española a partir de 1855, merced al desarrollo ferroviario, es evidente, estableciendo una nueva red de interdependencias, a través de las cuales la actividad económica sigue nuevos cauces y establece nuevas conexiones.

11 La expresión desheredados de la tierra, empleada en la prensa y la literatura del siglo pasado [XIX], es lo suficientemente rica para necesitar una explicación.

12 Instituto de Reformas Sociales (1905).

13 Engels, Federico (1968): Anti-Düring. Madrid. Ed. Ciencia Nueva. Pág. 291. La concepción materialista de la historia parte del principio de que la producción y, junto con ella, el intercambio de sus productos, constituyen la base de todo el orden social.

14 Revenga, Ricardo (1901): La muerte en Madrid. Madrid.

15 Hauser, Philip (1902): Madrid bajo el punto de vista médico social. Madrid.

16 Mortalidad estructural es aquella que guarda un orden y una distribución determinada en el seno de una sociedad.

17 En 1848, 217.000 habitantes, y en 1857, 281.000.

18 Véase Hauser, Philip (1902); Moral, Carmen del (1974), y Camarero, Antonio (1984).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s